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Vínculo padres e hijos Más allá del afecto

Skeilly Castellanos3 min de lectura

¿Tenemos un vínculo real con nuestros hijos? ¿Una relación basada en confianza plena, bidireccionalidad, conocimiento mutuo, comprensión y, sobre todo, respeto? No me refiero a si quieres a tus hijos o si ellos te quieren a ti. Hoy quiero explicarte por qué el amor y el vínculo no son necesariamente lo mismo.

Sin duda, es una pregunta que nos invita a reflexionar: ¿tenemos un vínculo real con nuestros hijos? Para responder, primero debemos entender que este lazo, al que llamamos vínculo, se basa en el respeto y la comprensión. Ambos elementos nacen de la empatía, la capacidad de reconocer que el otro, en este caso nuestros hijos, es una persona con pensamientos, sentimientos y experiencias diferentes a las nuestras, y que estas son igual de válidas e importantes.

Aunque en teoría lo sabemos, en la práctica no siempre resulta sencillo aplicarlo. ¿Por qué lo digo? Porque con frecuencia caemos en situaciones donde, sin darnos cuenta, invalidamos las emociones y experiencias de nuestros hijos con frases como:

  • “No seas bobo, no tienes por qué tenerle miedo a eso.”
  • “¿Cómo que no te gusta? Deberías estar agradecido con lo que tienes.”
  • “No llores, mi amor. No pasa nada. Ven, vamos a ver el video que te gusta.”

Estas frases, aunque vienen de una genuina intención de aliviar su malestar, terminan negando, contradiciendo y minimizando su experiencia emocional.

¿Por qué evitamos las emociones incómodas?

Esto también tiene que ver con nuestro propio rechazo hacia ciertas emociones, como la tristeza, la frustración y, especialmente, la rabia. Cuando nuestros hijos se molestan, es común que nos sintamos ofendidos:
“¿Cómo se le ocurre molestarse por semejante cosa? ¿No ve que lo hago por su bien? ¡Claro! Lo que quiere es que lo deje hacer lo que quiera.”

Con esta idea en mente, reaccionamos desde nuestra propia rabia, inseguridad y necesidad de control. Buscamos evitar que nuestros hijos lloren, se molesten o se frustren, como si fuera posible evitarles todo sufrimiento. Pero, ¿es esto realmente beneficioso para ellos?

No se trata de provocar sufrimiento

No te propongo que intencionalmente hagas sufrir a tus hijos, sino que aproveches las circunstancias naturales de la vida que inevitablemente les harán sentirse mal para brindarles apoyo. La clave está en acompañarlos con contención y coherencia emocional.

Cuando nuestros hijos lo están pasando mal y nosotros invalidamos sus sentimientos intentando que “se sientan bien”, logramos justo lo contrario: una desconexión emocional. Se sienten invisibles y confundidos:
“¿Por qué mi mamá me dice que no me pasa nada, si yo siento que algo me pasa?”

Esto puede derivar en comportamientos disruptivos que buscan expresar el malestar de alguna manera. Además, aprenden que mostrar sus emociones frente a mamá o papá solo genera críticas o falta de comprensión.

¿Esto afectará el amor entre padres e hijos?

No, tus hijos seguirán amándote. Ellos sienten un afecto real por ti porque los cuidas. Sin embargo, sí puede afectar la confianza. Si no se sienten seguros de compartir sus emociones contigo, pensarán:
“¿Cómo le digo a mi mamá o papá que me pasa algo? ¿Si se los digo, se van a molestar conmigo?”

¿Qué podemos hacer para construir un vínculo real?

  • Evita invalidar sus emociones.
    Cada vez que esté llorando, frena ese impulso de evitar que llore. Ponte a su nivel, intenta comprender qué le pasa, refleja lo que siente y acompaña.
  • Sé firme, pero empático.
    Ser firmes en nuestras decisiones y normas también es parte de nuestra labor como padres. Sin embargo, esto no implica desconectarnos emocionalmente.

Crear un vínculo real con nuestros hijos implica reconocerlos como personas, respetar su experiencia emocional y estar presentes para enseñarles cómo manejar ese malestar. Tú eres su puerto seguro. Es mejor que aprendan esto con tu compañía, en lugar de hacerlo por ensayo y error con otras personas.

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