Stop Bullying ¿Cuál es el origen?

“¿Y tú por qué estás llorando? ¡Tan feo! Pareces una niña, chillando, tan horrible te ves así y llorando.”
“No seas bobo, ¿Cómo vas a decir algo así?”
“¿Que se metieron contigo? Bueno, ya verás. No te dejes pegar, o si no, te pego yo.”

Si alguna vez has presenciado una escena como esta, tal vez sea momento de reflexionar sobre cuál es el origen del abuso escolar. Hablemos del bullying.

El bullying es un fenómeno bastante complejo. Tiene diversas formas, incluye a diferentes participantes y corresponsables, involucra a quienes lo sostienen en nuestra sociedad y tiene un efecto profundo sobre los niños y jóvenes que reciben el acoso. Sin embargo, como hablar de todo esto llevaría a un blog muy extenso, hoy quiero centrarme en el papel que jugamos los padres en este tema. Insisto, solo me referiré a una de las partes del problema.

Volvamos a las escenas anteriores, a esas situaciones diarias donde involucramos pequeños insultos hacia nuestros hijos. Pensamos que “es solo una expresión”, que es “para que aprendan, para que se pongan pilas, para que reaccionen”. Ahora te pregunto: ¿si tu jefe te dice “gafo” o “inútil” por no saber hacer algo, o si tu pareja te llama “pendejo” por estar llorando, es abuso o no? Sí, sí es abuso. Algunos dirán que no es un abuso tan grave como que te insulten de manera más fea o te golpeen, pero ¿sabes qué? Ahí empieza todo.

Desde los pequeños abusos, los “tonto” o “bobo” que “duelen poquito”, que no parecen fuertes y que usamos contra nuestros hijos porque así nos criaron a nosotros, empezamos a normalizar el maltrato. ¿Y qué les estamos diciendo realmente a nuestros hijos? ¿Estamos logrando que sean más fuertes y que no les importe que les llamen así? No, les estamos enseñando que merecen ser insultados y que es normal ser insultados por las personas que los aman.

¿Cómo vemos esto cuando crecen? Si un compañero en el colegio los insulta, lo sentirán normal y no pondrán ningún límite. Primero, porque no lo identificaron como una amenaza, ya que nosotros les enseñamos que podían ser insultados. Segundo, porque no tendrán las habilidades necesarias para poner límites. Solo se darán cuenta de que es grave cuando ocurra una agresión importante, y en ese punto, al no saber defenderse, puede surgir miedo, ansiedad, depresión e incluso pensamientos suicidas dependiendo de sus capacidades de afrontamiento. También puede pasar que ellos mismos repliquen los patrones y comiencen a insultar a otros, porque “es normal y puedo reírme de eso”. Así, el comportamiento puede escalar, ya que obtiene validación social cuando se burla de otros o los insulta. Prefieren agredir antes de ser agredidos, escondiendo su miedo detrás de la agresión.

Ambos escenarios deben ser detenidos. Todo empieza por dejar de normalizar los insultos y pequeños abusos, las ofensas hacia los niños, los golpes y las humillaciones. Esto no es normal, aunque la intención sea que “aprendan”. Lastimar a un niño no es adecuado desde ninguna perspectiva. Es una forma de irrespeto, y los niños deben ser capaces de poner límites cuando algo les disgusta.

Sin embargo, salvarlos tampoco es la solución. Lo que debemos hacer es educarlos para reconocer agresiones, identificar cuándo están en una situación que no les gusta y establecer un límite firme desde el primer momento, sin responder con agresión. Nada de devolver el mismo golpe, lo que solo llevaría a una espiral de violencia peligrosa.

Dejemos algo claro: los amigos no se insultan, las parejas no se agreden, el cariño no es controlar o humillar. Las personas que me quieren no deben hacerme sentir mal, dudar de mí o pedirme cosas que me hagan sentir incómodo. Si enseñamos esto a nuestros hijos, no significa que no enfrentarán personas que intentarán hacerles bullying, pero sí serán capaces de identificar una situación de riesgo a tiempo y actuar adecuadamente.

Pueden aprender a expresarse de forma asertiva, indicando lo que quieren y lo que no permiten. Si es necesario, pueden denunciar, alejarse de la relación o buscar apoyo cuando no tengan recursos propios para enfrentarlo. Lo importante es que salgan de esa situación sin quedarse atrapados ni vulnerables.

En conclusión, los padres, sin duda alguna, podemos ser parte de la solución. Hagamos un ejercicio de introspección y reflexionemos sobre cómo hemos transmitido a nuestros hijos el mensaje erróneo de que lastimar a otros es normal o hasta gracioso. Seamos parte de la resolución educando a nuestros hijos en reconocer rápidamente las situaciones de abuso y cómo enfrentarlas. Construyamos lazos reales con ellos para que puedan acudir a nosotros en caso de bullying. No son cobardes, ni gallinas, ni bobos por pedir ayuda. Al contrario, deben pedir ayuda, y nosotros debemos estar disponibles para dársela.

Por último, si descubres que tu hijo está haciendo bullying a otro niño o niña porque es diferente, tiene una discapacidad, no posee las mismas habilidades, piensa distinto, se viste distinto, habla distinto o simplemente porque no le cae bien, no lo dejes pasar. Aprovecha la oportunidad para comprender qué vacío hay detrás de ese comportamiento, qué habilidad necesita para actuar diferente, y cómo puedes ayudarle a convertirse en una mejor persona, educándolo en el respeto hacia los demás y hacia sí mismo.

Y como siempre digo: si sientes que la situación te supera y no sabes qué hacer, busca ayuda profesional a tiempo.

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