Masking y autismo Técnica de supervivencia social

¿Te imaginas pasar todo el día fingiendo ser alguien que no eres, hablando de temas que no te interesan o adoptando gestos para parecer otra persona? Agotador, ¿verdad? Pues de eso se trata el masking o enmascaramiento: una estrategia de supervivencia social, compleja y con un costo emocional muy alto, que muchas personas con autismo emplean para que los neurotípicos no detectemos cuán diferentes son. Hoy vamos a hablar sobre el masking y sus consecuencias.

Sobrevivir a la diferencia

La palabra «sobrevivir» podría describir lo que intentan nuestros niños, jóvenes o adultos con autismo al esconderse tras una máscara de «normalidad». Pero surge la pregunta clave: ¿por qué necesitan sobrevivir? Porque son vistos y tratados como los «raros», los «diferentes». Quedan excluidos de los juegos en el recreo, las conversaciones entre compañeros, las fiestas y reuniones. No son invitados porque hablan distinto, tienen ideas peculiares o intereses que parecen extravagantes.

Aunque hoy se sabe más sobre el autismo, la inclusión y la diversidad, las muestras de intolerancia persisten. Esa sensación de soledad lleva a dos posibles escenarios:

  1. Depresión y aislamiento en su propio mundo, refugiándose en intereses específicos, estereotipias, la seguridad del hogar o su habitación.
  2. Decidir disfrazarse de neurotípico, aprender a actuar y esforzarse para parecer «normal».

Curiosamente, muchas personas con autismo, especialmente niñas, logran este enmascaramiento con maestría. Aprenden a fingir contacto visual, imitar sonrisas y expresiones faciales, ocultar o minimizar sus intereses y ensayar respuestas a preguntas comunes. También toleran incomodidad sensorial intensa o disfrazan sus estereotipias por conductas menos evidentes. Estas adaptaciones les permiten encajar, hacer amigos y protegerse del bullying, burlas y rechazo.

¿Cuál es el costo emocional del masking?

Si pudiste imaginarte el ejemplo inicial, representar un personaje todo el día implica un gasto de energía tremendo. Pero una cosa es actuar como profesión, y otra muy distinta vivir siendo un personaje. Las consecuencias son diversas y graves:

  • Confusión entre quiénes son realmente y quiénes pretenden ser. No logran distinguir cuándo son el personaje que encaja y cuándo son ellos mismos.
  • Sentimientos de engaño hacia los demás o de traición hacia sí mismos, generando evidente malestar.
  • Gran carga de estrés, ansiedad y aumento de estereotipias, rituales o conductas autolesivas como comerse las uñas.
  • Tristeza, signos de depresión y agotamiento mental, debido a la vigilancia constante de pensamientos, emociones y comportamientos.
  • Baja autoestima, asociada a la pérdida de identidad. Enmascarar lo que realmente les gusta o piensan lleva a dudas existenciales sobre quiénes son realmente.

En los casos más graves, todo esto puede generar pensamientos suicidas. Las dudas sobre por qué no pueden ser ellos mismos y si son aceptados genuinamente o solo como el personaje que interpretan son devastadoras.

Consecuencias desde la infancia

Es importante señalar que el masking puede ocurrir desde edades muy tempranas, lo que puede impedir que el autismo sea detectado a tiempo. Así, estas personas pierden el derecho a recibir apoyos que faciliten su participación en la vida cotidiana desde sus propias características y necesidades.

¿Qué podemos hacer frente al masking?

La solución al masking no radica necesariamente en una intervención psicológica, terapéutica o farmacológica, sino en su origen. Las personas con autismo enmascaran sus signos porque sienten que, siendo ellos mismos, no serán aceptadas. Lo hacen para evitar el rechazo y conectarse con los demás.

Entonces, me pregunto: si ellas, desde su condición y sus dificultades, aprenden a ser diferentes para conectar con el mundo, ¿no sería mejor que nosotros, como neurotípicos, fuéramos más flexibles? ¿Qué pasaría si buscáramos formas de conectarnos con ellas? ¿Podremos erradicar el bullying y la violencia y aceptar las diferencias como parte de la normalidad?

Reflexión final

Aunque no sabemos si este cambio llegará pronto, como familias podemos estar atentos a los signos conductuales de nuestros hijos: ansiedad, estrés, cambios de humor repentinos, preocupación excesiva por hacer amigos, sensación de frustración, comentarios como «nadie me entiende» o esfuerzos desmesurados por agradar a otros.

No desestimemos nunca las denuncias o comentarios de nuestros hijos sobre abusos, insultos o maltratos, aunque parezcan pequeños. Enseñarles a defenderse sin proporcionarles herramientas nunca será la solución.

Gracias por leer hasta aquí. Nos vemos en el próximo blog.

Deja un comentario