«Ya te digo una cosa, a mí no me gusta pegarle a mi hijo, pero él se lo gana; hace las cosas como a propósito y me hace enojar.»
¿De verdad nuestros hijos tienen el poder y el control sobre nuestras emociones? ¿Es su culpa que apliquemos ciertas formas de crianza?
Detente aquí, te lo advierto: este blog es solo para quienes estén dispuestos a enfrentar sus verdades y abrirse a una autocrítica constructiva. Dicho esto, hablemos de control emocional en los padres.
¿Cuál es la diferencia entre un niño y un adulto?
Además de las diferencias obvias, como el tamaño, hay un factor fundamental que separa a niños de adultos: la madurez. Los niños son inmaduros en todas las áreas. Apenas están aprendiendo habilidades, construyendo su percepción del mundo, y su mente está llena de fantasía e imaginación. Por eso viven jugando, y también por eso tienen una inmadurez natural en el control de sus emociones.
Para un niño, las emociones se sienten y se expresan de forma simple y directa, sin filtros ni control. Es parte de lo que los hace maravillosamente auténticos, aunque ocasionalmente inapropiados según las normas sociales. Las emociones más difíciles de manejar suelen ser la frustración y la rabia, porque son intensas. Para liberar estas emociones, los niños pueden arremeter contra otros, llorar, gritar o pegar.
Ahora bien, si reflexionamos, ¿a quién no le provoca hacer esto cuando está molesto? Pero como adultos, se supone que hemos desarrollado la capacidad de controlarnos y expresar nuestras emociones de formas más asertivas. Sin embargo, la realidad es que, con más frecuencia de lo que quisiéramos admitir, también nos cuesta controlar la rabia, la frustración e incluso la tristeza.
Lo que aprendimos de pequeños
Muchas veces, nuestra dificultad para manejar emociones tiene raíces en la forma en que nos enseñaron sobre ellas durante nuestra infancia. Frases como:
- «¿Por qué estás triste por esa tontería?»
- «No llores, no pasa nada.»
- «Si te molestas, tienes doble trabajo: molestarte y contentarte.»
- «Usted se calla y me respeta. Aquí se hace lo que yo digo.»
Estas expresiones nos dieron el mensaje de que sentirnos molestos, tristes o frustrados estaba mal. Aprendimos a “ser niños buenos”: bajar la cabeza, sonreír a la fuerza o desquitarnos con alguien más. También aprendimos que llorar era inaceptable, y por ende, tampoco sabemos qué hacer cuando alguien más llora.
¿Qué pasa cuando somos padres?
Cuando estas formas inadecuadas de manejo emocional no se corrigen en la adultez, se vuelven un problema, especialmente en situaciones intensas como la crianza. Una de esas situaciones es cuando perdemos el control frente a nuestros hijos.
El llanto y la inmadurez emocional de un niño suelen despertar en nosotros una gran frustración e incomodidad porque no estamos acostumbrados a lidiar con estas sensaciones. Entonces buscamos deshacernos de ese malestar lo más rápido posible. Perdemos la paciencia, nos desespera el llanto y decimos internamente cosas como:
- «¿Por qué llora?»
- «¡No llores! ¡Está sufriendo, y es por mi culpa!»
Es ahí cuando aparece la idea de que una nalgada o un grito «liberador» será suficiente para restaurar el control. Decimos: «Tú me haces enojar.»
Pero no, un niño no tiene el poder de hacernos enojar. Ellos simplemente sienten y expresan. Lo que realmente sucede es que sus emociones despiertan algo que resuena en nosotros.
Hacer consciente lo inconsciente
Si tomamos conciencia de que nuestros hijos son inmaduros y de que sus emociones no son un ataque personal, podremos controlarnos. Podremos respirar, ser empáticos y acompañarlos. Aceptaremos sus emociones y, una vez que se hayan calmado, buscaremos estrategias para enseñarles a manejar esas situaciones de forma diferente.
Sin embargo, si no somos conscientes de esto como adultos, el malestar será tan grande que reaccionaremos de forma impulsiva: con gritos, castigos o golpes.
En conclusión
Tu hijo no tiene la capacidad de hacerte enojar, ni tampoco de hacerte feliz cuando se porta bien.
- «Haces muy feliz a mami cuando te portas así de lindo.»
Aunque sea difícil de aceptar, nuestros hijos no son responsables de nuestras emociones. Esa es una responsabilidad inmensa, y sería injusto depositarla sobre ellos. Cada uno de nosotros es dueño de sus propias emociones y las maneja mejor o peor según su nivel de conciencia sobre esta realidad.
Lo que ocurrió en nuestra infancia no es nuestra culpa. Probablemente, nuestros padres hicieron lo mejor que pudieron con lo que sabían. Pero ya como adultos, podemos decidir. Podemos tomar el control o, por el contrario, excusarnos y continuar el ciclo, dejando que sean nuestros hijos quienes, en el futuro, busquen reparar las marcas emocionales que les dejamos.
Si todo esto resuena contigo, no temas buscar ayuda. Somos parte de las primeras generaciones de padres que tienen acceso a información sobre crianza respetuosa, avances en neurociencia y psicología del desarrollo. Está en nuestras manos hacerlo diferente.
Gracias por acompañarme en esta reflexión.