Una vez mi padre me dijo algo que, aunque no sé su fuente original, siempre me ha hecho reflexionar: “Los padres somos los seres más incongruentes del mundo.” Y tiene bastante razón. Queremos que nuestros hijos aprendan pronto a hablar, pero luego les pedimos que hagan silencio; que aprendan a caminar pronto, pero después que se queden sentados y quietos. Deseamos que sean emocionalmente fuertes para enfrentar la vida, pero les evitamos a toda costa la rabia, la tristeza o la frustración. Además, pretendemos que aprendan todo lo que necesitan solo porque se lo decimos, sin dejarles experimentar ni equivocarse.
Hoy quiero hablarte de por qué es bueno que se equivoquen y por qué nosotros, como padres, debemos permitírselo.
El error: la forma más eficiente de aprendizaje
La idea de “no te equivoques”, implícita en nuestra forma de educar, suele traducirse en mensajes como “no lo permito” y “si lo haces, ocúltalo a como dé lugar”. Pero, ¿qué pasaría si cambiamos este enfoque?
El error es una de las formas más eficientes de aprendizaje porque nos enseña lo que no debemos hacer para alcanzar nuestros objetivos. Thomas Edison lo ilustró perfectamente cuando, tras más de 1000 intentos fallidos en su creación del bombillo, dijo: “No fracasé, solo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla.” Y es que cualquier persona te dirá que el éxito en cualquier área de la vida requiere equivocarse muchas veces.
Aunque entendemos esto en teoría, a los padres nos nace un instinto obsesivo por evitarle a nuestros hijos incluso una lágrima: que no se sientan mal, que no se frustren ni sufran las consecuencias de equivocarse, especialmente si eso implica un regaño. Elogiamos a nuestros hijos cuando lo hacen perfecto y nos sentimos orgullosos cuando aprenden algo rápido o les sale con facilidad. Así, ellos aprenden que el camino fácil y rápido es el correcto, el que les da reconocimiento, el que los valida frente a los demás.
¿Qué pasa cuando se enfrentan a algo difícil?
¿Qué ocurre si hay algo que les cuesta, como una materia del colegio, una pieza de música o un movimiento en el deporte?
Surgen pensamientos como:
- “Lo hice mal, no obtendré el reconocimiento de mis padres, no soy suficientemente bueno.”
Esto genera estrés, ansiedad por la perfección y miedo a equivocarse. En lugar de intentar, ocultan errores, buscan mentiras o hacen trampas. En otros casos, deciden evitar situaciones desafiantes por completo:
- “Si no lo intento, no fracaso; no pueden regañarme por algo que no hice mal.”
- “Hazlo tú. No quiero, no sé cómo hacerlo.”
Esta evitación puede crear niños inseguros, incapaces y con aversión al fracaso. El enojo los transforma si pierden, mientras que, cuando hacen algo bien, lo hacen con energía, alardean y buscan reconocimiento. El fracaso se convierte en un monstruo, asociado a la idea de “soy inútil, y los inútiles no merecen afecto.”
Déjalos fracasar
La solución no es provocar el fracaso intencional ni llevarlos al extremo de “tienen que sufrir para hacerse fuertes”. El truco está en aprovechar los fracasos que la vida naturalmente les pondrá por delante.
- Si hicieron un mal trabajo escolar, no corras a arreglarlo por ellos. Señala lo que pueden mejorar, guíalos y enséñales a analizar sus errores para hacerlo mejor la próxima vez.
- Si rompieron algo, evita salvarlos del regaño. Permite que den la cara, admitan su acción y propongan formas de repararlo.
- Si hicieron un dibujo irregular, no juzgues. Pregúntales: “¿Qué te parece a ti?” Si están satisfechos, ese es el resultado que buscas. Si no, puede que digan: “La verdad no me gusta cómo quedó, lo voy a hacer de nuevo.”
Lo importante es que equivocarse no sea un pecado ni el fin del mundo, sino una oportunidad para alimentar su brújula interna. Ayúdales a valorar su propio trabajo, fortalecer su motivación y entender que el error forma parte del camino. Cuando el fracaso sea muy doloroso, enséñales a lidiar con él: no escondas ni niegues el malestar. Ofréceles consuelo, tus brazos y tu escucha. Una vez se sientan mejor, ideen juntos cómo reponerse y volver a intentarlo.
No lo hagas por ellos
Recuerda el principio Montessori: “No hagas por los niños lo que ellos sean capaces de hacer por sí mismos.” Tu hijo no hará las cosas como tú, y eso está bien. Él es una persona diferente y aprenderá sus propias formas de resolver y hacer.
Olvídate de la perfección como objetivo de vida. No te obsesiones con notas excelentes o récords deportivos. Oriéntalos a disfrutar el esfuerzo, competir consigo mismos y superarse cada vez más. Si lo hacen, el éxito, los premios y los reconocimientos llegarán como consecuencia lógica. Ante el fracaso, no se detendrán en el malestar, sino que buscarán formas de superarlo. Eso es lo que queremos enseñarles para la vida.
Gracias por acompañarme en esta reflexión. Espero que encuentres estas ideas útiles y aplicables.