Alguna vez nos hemos detenido a pensar en todas las cosas que nuestros hijos creen gracias a nosotros. Les contaste sobre Santa y te creen; les contaste sobre el ratón Pérez o el hada de los dientes y te creen. Entonces, ¿Qué podemos esperar si les decimos que son incapaces de hacer algo? ¿Acaso no nos van a creer también?
Hoy quiero hablar sobre los mensajes que los padres transmitimos a nuestros hijos y el impacto psicológico que esto tiene en sus vidas.
El poder de nuestras palabras como padres
Cuando nuestros hijos nacen, son puro instinto. Poseen pocas conductas que aparecen por reflejo y aprenden sobre el mundo gracias a lo que nosotros les enseñamos. Aunque muchas cosas necesitan experimentarlas por sí mismos, hay una gran parte que aprenden gracias a nuestras palabras. El lenguaje tiene el poder de crear realidades. No solo describe lo que sucede, sino que lleva a que las cosas ocurran. Es como un pizarrón en blanco que vamos llenando con ideas, conocimientos y percepciones.
Muy pocas veces nos detenemos a pensar en el impacto psicológico de nuestras palabras. Frases como «es que tú nunca haces nada bien» transmiten a los niños que no importa cuánto se esfuercen, nunca alcanzarán la meta ni cumplirán con las expectativas. Comparaciones como «tu hermano no lo hacía así» o «deberías parecerte más a tu hermano» les hacen sentir que siempre habrá alguien mejor y que no son suficientes.
Mensajes cargados de negatividad y su impacto emocional
Frases como «me tienes harta» o «me estás avergonzando» transmiten a nuestros hijos que son una molestia o que son responsables de cómo nos perciben los demás. Es común que estas expresiones surjan en momentos de frustración o agotamiento, especialmente después de un día difícil. Sin embargo, para un niño pequeño, recibir este mensaje de sus padres —quienes representan seguridad y amor incondicional— puede ser devastador.
No es lo mismo escuchar un comentario negativo de un desconocido que de nuestros propios padres. Tampoco es lo mismo recibirlo a los 20 años que a los 3 o 4 años. Es fundamental ser conscientes del impacto de nuestras palabras y reflexionar antes de hablar, dejando de lado la rabia del momento.
El amor condicionado: un mensaje peligroso
Otro mensaje que solemos transmitir sin querer es que nuestro amor tiene condiciones. Decir frases como «así no te quiero» o «ya no te quiero porque no estás haciendo lo que te pido» implica que el amor depende del comportamiento del niño. Esto puede tener consecuencias a largo plazo, afectando sus relaciones futuras.
Cuando crecen, estos niños pueden pensar que necesitan comportarse de cierta manera o cumplir con expectativas ajenas para ser amados. A menudo imitan conductas y buscan modelos que les permitan sentirse aceptados, pero esto puede impedirles descubrir quiénes son realmente, cuáles son sus gustos y sus intereses.
Reflexión para los padres
Como padres, tenemos el poder de influir profundamente en la forma en que nuestros hijos ven el mundo y se ven a sí mismos. Por eso es importante ser conscientes de los mensajes que transmitimos. En momentos de frustración, intentemos recordar que estamos interactuando con personitas pequeñas que aún tienen cerebros inmaduros y están aprendiendo a comportarse en el mundo. Practiquemos la compasión y cuidemos nuestras palabras, porque ellas tienen un impacto que durará toda la vida.
«Te creen todo, incluyendo ese ‘No vas a poder hacerlo'»
Fíjense cómo una semillita tan pequeña puede traer repercusiones muy grandes cuando nuestros hijos llegan a ser adolescentes o adultos. Esto no significa que debamos permitirles hacer cualquier cosa o evitar corregir conductas inadecuadas. Nada más lejos de la realidad. Lo importante es aplicar castigos o correcciones de manera apropiada, sin recurrir a la agresión, a técnicas de miedo o a la retirada del afecto. Debemos enseñarles que nuestro amor es incondicional y está presente siempre, se porten bien o mal, mientras les mostramos la manera correcta de comportarse.
La importancia de las primeras iniciativas
Una de las ideas más erróneas que les transmitimos a nuestros hijos es que no son capaces de hacer las cosas. Esto lo hacemos, muchas veces sin darnos cuenta, con comentarios como:
- “No, deja, yo lo hago”.
- “No lo hagas porque lo vas a hacer mal”.
- “Anda a jugar, que yo lo hago mejor”.
Estas frases, aunque parecen inofensivas, matan las iniciativas de los niños. Cuando llegan a la adolescencia y queremos que recojan su cuarto, sean responsables con sus actividades, se levanten temprano o colaboren en casa, solemos preguntarnos por qué no tienen iniciativa. Pero, ¿les permitimos tenerla cuando eran pequeños? ¿O les enseñamos que no eran capaces?
Recordemos que cuando nacen, nuestros hijos no tienen un «yo» definido. Están descubriendo el mundo y reciben toda la información a través de nosotros, sus padres, y de las experiencias que les permitimos tener. Las pequeñas ideas que sembramos en su infancia crecen con ellos y moldean quiénes serán como adultos.
El impacto de las palabras hirientes
Creer que hacerlos sentir mal los llevará a portarse mejor es un error. Decirles palabras hirientes o transmitirles mensajes de incapacidad genera dos tipos de respuestas:
- Rebeldía y agresividad: Responden de manera agresiva para defenderse.
- Sumisión y desconexión emocional: Reprimen sus emociones para evitar enfrentarse al castigo o la desaprobación de sus padres.
Esto crea niños desconectados emocionalmente, que sienten que ser ellos mismos no es suficiente. Buscan modelos a seguir en la adolescencia para encajar y cumplir con lo que creen que sus padres esperan de ellos. Esto los expone a riesgos, pues pueden imitar conductas peligrosas o seguir a figuras que consideran «mejores» o «más populares».
La reflexión necesaria: «A mí me criaron así y no me pasó nada»
Muchos padres justifican métodos agresivos diciendo: «A mí me criaron así y no me pasó nada». Pero ¿de verdad no les pasó nada? ¿De verdad pensaron: “Qué bueno, mamá, gracias por corregirme de esta manera y hacerme sentir mal porque eso me va a formar un gran carácter”? O, más bien, sintieron rabia hacia sus padres o hacia ustedes mismos, pensando que no eran lo suficientemente buenos para ellos.
La pregunta es: ¿queremos que nuestros hijos se sientan así? ¿O queremos transmitirles la confianza suficiente para que logren grandes cosas creyendo en ellos mismos desde pequeños?
El papel de los padres en el desarrollo del «yo» de sus hijos
Para los niños, sus padres son seres de absoluta verdad y sabiduría. Son las personas que los aman, incluso cuando ellos aún no saben qué significa amar o amarse a sí mismos. Si les enseñamos que el amor se transmite a través del miedo o de los golpes, eso es lo que entenderán como amor hasta que lleguen a ser adultos y puedan juzgar, con recursos propios, si estas ideas les sirven o no.
Pero hasta ese momento, habrán pasado su niñez y adolescencia viviendo con las ideas que les inculcamos. Entonces, me pregunto: ¿Qué ideas queremos sembrar en la mente de nuestros hijos?
Espero que estas reflexiones te hayan servido para pensar en las cosas que decimos y hacemos, y en el impacto que tienen sobre la salud psicológica y emocional de nuestros hijos. Muchas veces son acciones inconscientes, pero siempre estamos a tiempo de mejorar. ¡Hasta la próxima!